jueves, 12 de noviembre de 2009

La participación de los jóvenes está en crisis

Imanol Zubero Beaskoetxea
¿Qué está pasando con la participación ciudadana en nuestras complejas sociedades?
¿Hacia dónde va esa participación? ¿Qué posibilidades y qué riesgos presenta? ¿Cuál es
el papel de los jóvenes en todo esto? ¿Estamos viviendo la agonía de la participación
ciudadana o asistimos a la constitución de una nueva generación cívica?
Dos diagnósticos conviven en la actualidad, cuando de analizar la participación ciudadana
se trata: a) Según uno de ellos, las sociedades occidentales más desarrolladas estarían
experimentando un fuerte declive del compromiso cívico, lo que estaría provocando
una preocupante desafección democrática y una alarmante fragilización del capital social.
b) Según otro análisis, lo que estaría ocurriendo en realidad en esas sociedades es
una profunda transformación de la relación de la ciudadanía con las estructuras y las
maneras de participación tradicionales, que en la mayoría de los casos se ven sometidas a
una fuerte crítica; pero, al mismo tiempo, surgen nuevas formas de acción colectiva no
institucionalizadas. Ambos diagnósticos se apoyan en indicadores sociales y políticos
distintos: la abstención en las elecciones y la crisis de afiliación a partidos y sindicatos
coexiste con la proliferación de organizaciones voluntarias y la movilización masiva contra
la guerra; la desconfianza hacia los responsables políticos con la aparición de nuevos
liderazgos sociales.
El declive de la larga generación cívica
¿Está la participación ciudadana en crisis? Empezaremos por lo más sencillo: la participación
política entendida en su sentido más tradicional: no sólo voto, sino afiliación,
activismo político, etc. Desde hace una decena de años, la literatura sociológica y
politológica abunda en análisis que advierten sobre la preocupante extensión de síntomas
de desafección política en las sociedades más desarrolladas: a) en términos generales,
salvo en coyunturas de fuerte tensión social o política, los niveles de abstención son
elevados; b) la afiliación a partidos, lo mismo que a sindicatos, es irrisoria; c) la implicación
de los escasos afiliados en la vida interna de los partidos es aún menor; d) aumenta la
desconfianza hacia los dirigentes políticos, las instituciones políticas y, en general, hacia
el proceso democrático mismo; e) los partidos se profesionalizan, transformándose en
30 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
auténticas industrias políticas; etc. Esta desafección, especialmente extendida entre los
sectores más jóvenes, estaría en la base de una creciente desvalorización de lo público y,
en consecuencia, de la despolitización de la vida social.1 Siguiendo a Joseph Ramoneda,
todo indica que los tiempos de la pasión política han quedado atrás y hoy, más bien,
vivimos un tiempo de indiferencia.2
Más adelante matizaremos esta primera mirada sobre la realidad de la participación.
Lo que me interesa ahora es indicar que, en opinión de algunos autores, el declive de la
participación es mucho más profundo que lo que lo dicho hasta ahora puede hacer creer.
Lo que está ocurriendo con la participación política no sería sino la punta del iceberg de
un fenómeno mucho más profundo y, al tiempo, preocupante. Lo que estaría ocurriendo
en la actualidad es un declive generalizado de la energía ciudadana indispensable para
sostener una sociedad democrática:
Durante los dos primeros tercios del siglo XX una marea poderosa empujó a los norteamericanos
a comprometerse cada vez más hondamente en la vida de sus comunidades, pero
desde hace unas pocas décadas esa marea se invirtió de manera callada e inadvertida, y
fuimos arrastrados por una resaca traicionera. Durante el último tercio del siglo hemos
sido separados unos de otros y de nuestras comunidades sin que nos percatáramos en un
primer momento».3
Conclusión: declive de la participación colectiva, mantenimiento e incluso
reforzamiento de la participación individual; declive de las formas de acción cooperativas,
mantenimiento de las formas de acción expresivas.4 En definitiva, cambio en el horizonte
de la participación: desde una perspectiva amplia, global, colectiva, a una perspectiva
estrecha, limitada e individual.
Para esta perspectiva sobre la realidad actual de la participación la edad adquiere una
enorme relevancia. Según Putnam, el actual abandono del compromiso cívico en Estados
Unidos es, en gran medida, una cuestión generacional. Tiene que ver con el declive de
una larga generación cívica, nacida antes de 1940.5 Según esto, serían los jóvenes quienes
están abandonando las estructuras de participación que sus padres impulsaron y sostuvieron.
Sin embargo, ¿cómo hablar de debilitamiento de la participación en los tiempos de las
multitudinarias manifestaciones contra la guerra, en los tiempos de Porto Alegre y el
movimiento antiglobalista? ¿No estaremos sucumbiendo a la tentación de suspirar por un
tiempo pasado considerado siempre mejor?
1 J. Benedicto y F. Reinares (eds.) (1992). Las transformaciones de lo político, Alianza, Madrid, p. 23.
2 J. Ramoneda (1999). Después de la pasión política, Taurus, Madrid, p. 25.
3 R.D. Putnam (2002). Solo en la bolera. Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana, Galaxia
Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, p. 27.
4 Putnam, op. cit., pp. 52-53.
5 Putnam, op. cit., p. 340.
LA PARTICIPACIÓN DE LOS JÓVENES EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN 31
La aparición de los hijos de la libertad
Frente a este diagnóstico, otros autores miran de manera muy distinta la realidad que
acabamos de describir. No cuestionan los datos, pero sí la lectura que de los mismos se hace.
Las nuevas generaciones, ciertamente, rechazan la política y, en general, la participación
tradicional. Pero no son apolíticos, mucho menos inactivos. Aunque pueda sonar
paradójico, estos autores nos hablan de la existencia de una política de la antipolítica
juvenil, o de que nos encontramos ante jóvenes activamente apolíticos.6 Frente a esa «larga
generación cívica» que Putnam presenta como ejemplo de participación cívica, se
detecta el surgimiento de una nueva generación cívica, invisible para aquellos que siguen
aproximándose a la participación desde claves tradicionales, como éstas:
1. El compromiso es equiparado a afiliación –y confundido con ella. Si sólo los roles de
afiliados indican compromiso, los no afiliados son, sin duda, necesariamente egoístas.
2. Suposición del auto sacrificio: sólo quien hace abstracción de sí mismo es capaz de
asistir a los demás.
3. Ayuda en silencio o síndrome del ama de casa: la dignidad del servicio a favor de los
otros reside en que permanece invisible, impagado, no (re)conocido, realizado por
encargo de otros que son los que gobiernan.
4. Clara separación de roles entre los que prestan y los que precisan ayuda: el hecho de
que los que ayudan a otros estén también, a su vez, necesitados de ayuda que reciben
al prestarla; el que el enriquecimiento pueda residir precisamente en la experiencia del
mutuo desamparo es algo que pasa inadvertido.7
Son los hijos de la libertad, que huyen de toda participación que suponga imposición,
coerción, y que ha sido caracterizada así: «Una generación que lucha con los problemas
que suscita la libertad, es decir, con problemas tales como: ¿de qué manera conciliar el
anhelo de autodeterminación con el anhelo igualmente importante de dependencia recíproca?,
¿cómo ser al mismo tiempo individualista y orientarse en función del grupo?,
¿cómo ocuparse de sí mismo y, a la vez, ocuparse de los otros y asistirlos?, ¿cómo utilizar
las propias posibilidades y, al mismo tiempo, hallar satisfacción más allá de las propias
exigencias?».8
Según Wilkinson, «esta generación se esfuerza por encontrar un equilibrio más adecuado
y duradero entre los intereses individuales y las acciones colectivas».9 Si así fuera,
nos encontraríamos en los albores de una nueva generación cívica que, por el momento,
sólo encuentra espacios y estructuras de participación en la periferia de los sistemas democráticos.
6 U. Beck (1999). «Hijos de la libertad: contra las lamentaciones por el derrumbe de valores», en U. Beck
(comp.), Hijos de la libertad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, p. 13.
7 Beck, «Hijos de la libertad», pp. 14-15.
8 H. Wilkinson. «Hijos de la libertad. ¿Surge una nueva ética de la responsabilidad individual y social?», en
U. Beck (comp.), op. cit., p. 90.
9 Wilkinson, op. cit., p. 121.
32 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
De esta manera, aunque es muy cierto –los datos son inapelables– que en todas las
sociedades industriales avanzadas la participación política tradicional se encuentra sumida
en una profunda crisis de legitimidad, no es menos cierto que en los últimos años estas
mismas sociedades están conociendo una diversa y colorida manifestación de formas no
tradicionales de movilización, participación y protesta.
¿Acaso estamos buscando lo político en el lugar equivocado?, ¿tal vez lo que parecía
ser una retirada de la vida política puede significar, contemplado desde otro punto de
vista, la lucha por una nueva dimensión de lo político? Esta es la tesis defendida por
Ulrich Beck,10 para quien hoy lo político irrumpe y se manifiesta al margen o más allá del
sistema político formalizado, en un terreno que él denomina subpolítica, y que es el espacio
donde se plantean las grandes cuestiones de futuro:
Los temas del futuro, que están ahora en boca de todos, no se han originado en la amplitud
de visión de los gobernantes o en las luchas parlamentarias, y ciertamente no en las catedrales
del poder en el mundo empresarial, en la ciencia y en el Estado. Se han incluido en
la agenda pese a la resistencia combinada de esta ignorancia institucionalizada por enmarañados
grupos moralizadores y grupúsculos escindidos que luchaban unos con otros en
torno al modo más adecuado de hacer las cosas; grupos divididos y asediados por las
dudas.11
Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, considero importante asumir, en principio,
una actitud similar a la expresada por Bo Rothstein en su estudio sobre el asociacionismo
y la participación en Suecia:
Mi conclusión es que el menor nivel de afinidad con los principales movimientos u organizaciones
no debería considerarse necesariamente un signo de menor disposición a participar
en organizaciones voluntarias, con la consiguiente disminución del volumen de capital
social en Suecia. Por el contrario, quizá podría reflejar ciertos problemas a los que se
enfrentan las organizaciones antiguas ya establecidas para generar el tipo de lealtad existente
en el pasado. Si existe una crisis en la producción de capital social, se deberá manifestar
en un cambio en los modelos de actividad, y no sólo en una modificación de las
actitudes.12
Si el problema es de desafección participativa (sin más), poco podremos hacer además
de suspirar por los buenos-viejos-tiempos salvo, tal vez, confiar en que algún día pasen
estos malos tiempos y el caprichoso flujo de la historia vuelva a ponernos en una situación
tal que, por las razones que sean, la participación ciudadana vuelva a ponerse de moda.
Pero, ¿y si el problema no es que la participación, sin más, esté en crisis, sino que lo
que está en crisis es una determinada manera de entender la participación? Esto es lo que
apunta, en la línea de Rothstein, Joan Subirats: «La gente se está adaptando a los cambios
10 U. Beck (1997). «La reinvención de la política: hacia una teoría de la modernización reflexiva», en U.
Beck, A. Giddens y S. Lash, Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno,
Alianza, Madrid, pp. 34 y 36.
11 Beck, «La reinvención de la política», p. 35.
12 B. Rothstein (2003). «El capital social en el estado socialdemócrata. El modelo sueco y la sociedad civil»,
en R.D. Putnam (ed.), El declive del capital social. Un estudio internacional sobre las sociedades y el sentido
comunitario, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, pp. 120-121.
LA PARTICIPACIÓN DE LOS JÓVENES EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN 33
mejor que las instituciones y los partidos. Porque lo cierto es que la gente busca nuevos
‘nosotros’ en los que reconocerse. Y algo de eso lo está encontrando en organizaciones
menos rígidas, más abiertas. Organizaciones que aceptan pertenencias múltiples sin problemas.
Organizaciones de lazos débiles que se acomodan a las identidades parciales
porque han nacido y crecido con ellas».13
Encontramos aquí un formidable reto a las organizaciones que buscan la participación
ciudadana. El problema de la participación puede estar no (tanto) en la gente, cuanto en
las organizaciones.
La juventud pone de manifiesto nuevas modalidades de capital social asociativo en formación.
El sentimiento general entre muchas organizaciones de creación antigua es que los
jóvenes las están abandonando. Sus dirigentes no vacilan un momento en quejarse y están
siempre dispuestos a culpar a los valores individualistas y hedonistas de los jóvenes y a su
falta de preocupación por el bienestar general. Pero la realidad es infinitamente más compleja,
según comenzamos a ver. El hecho fundamental es que las formas de sociabilidad
asociativa están experimentando un rápido cambio. Los jóvenes no se dedican a las mismas
asociaciones que sus mayores, y tampoco lo hacen de la misma manera, sus mayores
ignoran o malinterpretan sus formas de participación.14
Evidentemente, la nueva realidad participativa no es totalmente luminosa; y sus zonas
oscuras no se explican, sólo, por su carácter todavía emergente y, por lo mismo, incierto.
Existen aspectos en la nueva cultura participativa –su inconstancia, su esteticismo, su
informalización, su voluntarismo, su fragmentación, su base individualista, su furor anti
institucional, su vertiente NIMBY (not in my backyard, no en mi patio trasero), etc.– que
han de ser revisados y, en su caso, depurados. Pero no parece adecuado seguir argumentando,
sin matices, sobre la despolitización privatista cuando miles de personas a lo largo
y ancho de todo el planeta, una mayoría de ellas jóvenes, se están movilizando cada día al
grito de ¡Otro mundo es posible!
Una propuesta de intervención
A) DAR VALOR, AUTÉNTICO VALOR, A LA POLÍTICA.
Si, según la provocadora reflexión de Hannah Arendt, política significa, esencialmente,
poder comenzar, parece evidente que no hay mejor manera de relegitimar la participación
política que recuperar su función transformadora. Lo cual supone combatir ese estilo de
pensamiento político que proclama, da igual que lo haga con alegría o con melancolía,
que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera. El discurso de la inevitabilidad,
la idea de que el espacio para la transformación de la realidad se ha reducido hasta prácticamente
desaparecer, es la mejor manera de transmitir la idea de que la política, y por lo
mismo la participación, es absolutamente prescindible, bastando con una eficaz gestión
tecnocrática de los asuntos humanos.
13 J. Subirats, «Otra política, otros partidos», en El País, 8-6-00.
14 J.-P. Worms, «Viejos y nuevos vínculos cívicos en Francia», en Putnam (ed.), op. cit., p. 301
34 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
B) AMPLIAR EL CONCEPTO DE PARTICIPACIÓN
En la introducción al estudio sobre la sociedad civil en España, el director del mismo,
Joan Subirats, señala lo siguiente: «La democracia española que hemos logrado consolidar
tuvo desde sus inicios una concepción del ejercicio democrático que ahora nos atreveríamos
a calificar de excesivamente institucionalista y procedimental. Se partió de una
visión de arriba abajo que centró excesivamente las formas de participación en los partidos
y las elecciones y no incorporó suficientemente otros elementos de expresión
participativa, de democracia deliberativa y de ejercicio directo de la soberanía ciudadana
».15 Es preciso reconocer que la participación no se agota en los procedimientos de la
democracia representativa y delegacionista. Más aún, hay que pensar que tal vez este
delegacionismo esté en la base de la creciente desafección democrática y de la apatía
ciudadana. Las instituciones deben ser sensibles a la participación. Se trata de disponer de
estructuras (nuevas o renovadas) que sirvan para intermediar efectivamente entre los ciudadanos
y los responsables políticos: referéndum, iniciativa legislativa popular, comisiones
parlamentarias, etc. Pero se trata, también, de actitudes: deben aprender a escuchar y,
sobre todo, deben aprender a demostrar que escuchan.16
C) MOSTRAR EL VALOR DE USO DE LA PARTICIPACIÓN
El interés por la participación política tiene mucho que ver con la manera en que la actividad
política se hace llegar a la ciudadanía. Una sociedad en la que se vuelven comunes
frases como «yo no entiendo de política», «yo no me meto en política», «la política no me
interesa» y otras similares, es una sociedad cívicamente enferma. Tales expresiones indican
que las cuestiones políticas son percibidas como cuestiones fundamentalmente ajenas
a nuestras auténticas preocupaciones, lo que es un error. Y no me sirve la respuesta de
que el problema es que la política se ha vuelto cada vez más compleja, de manera que las
cuestiones que se plantean son demasiado complicadas para el ciudadano normal. ¿Acaso
no existen centenares de personas que, estando ellas o alguno de sus familiares afectadas
por una de esas denominadas «enfermedades raras», se preocupan de mover tierra y cielo
para buscar toda la información necesaria para afrontar dicha enfermedad, sin contentarse
con la asistencia médica? El desinterés es, casi siempre, consecuencia, que no causa, de
una política alejada, en el fondo o en las formas, de las preocupaciones ciudadanas. Por
tanto, es fundamental conectar la acción política con los intereses ciudadanos:
La mejor solución para que los ciudadanos mantengan un interés racional por la actividad
política es acercarlos a esos negocios públicos de modo que resulten cercanos a sus intereses.
Ello hará posible el aumento de la participación y el interés ciudadanos. Por el contrario,
la cesión de estos asuntos a favor de las élites tiende a provocar, como consecuencia
ineludible, el aumento de la apatía de los ciudadanos. En consecuencia, difícilmente puede
alegarse la falta de interés de los ciudadanos como causa justificativa de su no participación.17
15 J. Subirats (ed.) 1999. ¿Existe sociedad civil en España? Responsabilidades colectivas y valores públicos,
Fundación Encuentro, Madrid, p. 23.
16 F. Ovejero, «Las manifestaciones y la salud democrática», en El País, 28-2-03.
17 G. Jáuregui (1994). La democracia en la encrucijada, Anagrama, Barcelona, p. 99.
LA PARTICIPACIÓN DE LOS JÓVENES EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN 35
D) HACER MATERIALMENTE (ECONÓMICAMENTE) POSIBLE LA PARTICIPACIÓN
«La democracia –explica Barber– depende del ocio, del tiempo necesario para ser educados
en una sociedad civil, del tiempo para participar en los debates, del tiempo para asistir
como jurados, para ocupar magistraturas municipales, para servir como voluntarios en
actividades cívicas».18 El delegacionismo muchas veces irresponsable al que se ve reducida
la democracia representativa tiene mucho que ver con esta ausencia de tiempo, lo
mismo que la desgraciada consolidación de una nueva casta de profesionales de la política,
cada vez más alejados de los ciudadanos y de sus problemas:
La democracia se construye y se mantiene mediante la participación individual, pero la
sociedad está estructurada para desalentarla. Y la nuestra es la civilización más estructurada.
Cuarenta horas de trabajo. Recreos laborales calculados al minuto. Fines de semana destinados
a la recuperación. Permisos específicos para enfermedad y maternidad. Vacaciones
fijas. Días oficiales de celebración o luto. Cuando sumamos todo e incluimos el tiempo
para comer, copular, dormir y ver a la familia, hemos ocupado las veinticuatro horas. El
único periodo destinado a la participación individual es un tiempo fijo para votar, que
quizá promedia una hora por año. Las únicas ocasiones en que la sociedad organiza formalmente
una mayor participación se relacionan con cuestiones de violencia (el servicio
militar, o cuando un juez ordena al reo que preste un servicio comunitario). ¿Por qué la
función que hace viable la democracia es tratada como si fuera prescindible? Mejor dicho,
¿por qué se la excluye, reduciéndola a una actividad menor que requiere sacrificar tiempo
formalmente asignado a otras cosas?
Nada nos impide revisar el horario para incluir cuatro o cinco horas semanales de
participación pública. Nuestra incapacidad para ello dice algo acerca del estado de la
ética democrática, o bien acerca de la real índole del poder en nuestra sociedad. 19
Hoy es posible empezar a invertir esta situación. Como señala Barber, «las estrategias
que hay que seguir no son económicas ni técnicas sino políticas y culturales: hacer que las
aficiones sean tan provechosas como el trabajo, hacer que el voluntariado cívico sea tan
productivo como el trabajo comercial, hacer de la distribución equitativa una función de
primera necesidad, hacer que la imaginación sea una facultad digna de remuneración, hacer
que el arte y la cultura se conviertan en objetos de sustento social, hacer que la educación de
primera calidad (y por encima de todo, la educación cívica) sea accesible a todos».20
E) CREAR NUEVAS ESTRUCTURAS Y FORMAS DE PARTICIPACIÓN
Menos totalizantes, más temporales, más flexibles, más participativas. Acostumbrarnos a
las dobles o triples militancias, dejar de considerar la afiliación como inserción en una
comunidad filoreligiosa, aceptar la crítica interna, asumir los abandonos, etc.
Necesitamos nuevas formas de hacer política. Las premisas que fundamentaron las democracias
contemporáneas no sirven. Se instauraron mecanismos de democracia representativa
a partir de la convicción de que existía la imposibilidad física de la democracia directa.
18 B.R. Barber (2000). Un lugar para todos, Paidós, Barcelona, p. 147.
19 J.R. Saul (2000). Diccionario del que duda, Granica, Barcelona, p. 267.
20 Barber, op. cit., pp. 150-151.
36 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
Los individuos no contaban, contaban los colectivos en los que se integraban. Los partidos
se esforzaron por reclutar en su seno a cuantos más militantes mejor, a cuantos más técnicos
mejor; se esforzaron por disponer de cuadros organizativos potentes y profesionalizados.
Tenían que ser sociedades en pequeño, tenían que ser capaces de tener respuesta para todo
desde su propia y específica organicidad. Las posiciones individuales contaban poco. Las
sociedades estaban estructuradas en sólidos y estables agregados sociales y los partidos
respondían a esa realidad.21
F) LA IMPORTANCIA DEL ÁMBITO LOCAL
Robert A. Dahl afirma taxativamente que los ciudadanos corrientes participamos poco o
nada en muchas de las decisiones que tienen fundamental importancia en nuestras vidas,
a la vez que señala, entre las muchas dificultades para la participación democrática, una
que por obvia puede pasar fácilmente desapercibida: existen graves limitaciones para la
efectiva participación en las decisiones democráticas originadas en la simple cantidad de
personas involucradas en las mismas. Con otras palabras: siempre que una gran cantidad
de personas se vean afectadas por dichas decisiones, es altamente probable que se den
diferencias en las oportunidades de participar en ellas a pesar de que todos estén dispuestos
a democratizar los procedimientos.22 El tamaño es condición de posibilidad (o de
imposibilidad) para la participación democrática. El problema no es teórico, sino de orden
práctico, y es así planteado por Dahl: ¿podemos preservar o crear unidades más pequeñas
que los estados-nación o las gigantescas megalópolis, que posean suficiente autoridad
como para que la participación en sus decisiones sea verdaderamente importante?
El propio autor plantea algunas posibles soluciones, optando por los vecindarios y las
ciudades de proporciones humanas como espacios que hacen posible una participación
realmente democrática, a partir de dos principios básicos: 1) Si un tema se aborda mejor
a través de una sociedad democrática, inténtese siempre que sea abordado por la sociedad
más pequeña que pueda hacerlo satisfactoriamente. 2) Al considerar si una sociedad mayor
sería más satisfactoria, considérense siempre los costos adicionales de un mayor tamaño,
incluida la posibilidad de que aumente sensiblemente la sensación de impotencia individual.
El ámbito local (el pueblo, el barrio, el distrito, la ciudad) constituye un espacio privilegiado
para la participación.23 Así lo están demostrando en la práctica ayuntamientos
como Albacete, Córdoba, Las Cabezas de San Juan (Sevilla), Arbúcies (Girona), Santa
Lucía (Canarias), Rubí (Barcelona), entre otros. Todos ellos han puesto en marcha
novedosas iniciativas de participación ciudadana.
21 Subirats, «Otra política, otros partidos».
22 R.A. Dahl (1994). ¿Después de la revolución?, Gedisa, Barcelona.
23 X. Rubert de Ventós analiza los orígenes del Estado moderno a partir de la reforma política de Clístenes
(en el año 508 a. C.), que consistió en sustituir la pertenencia genética (de la gens o linaje) por la pertenencia
democrática (del démos o barrio) como principio organizador de la ciudad. «La primera formulación de la
igualdad democrática consiste en decir que cada uno es de donde está, de su barrio, y no de donde es o procede
–del clan o culto doméstico al que pertenecía. Democracia no significa pues el gobierno del pueblo (entonces su
nombre sería laiocracia), sino el de estas agrupaciones intermedias que están entre el individuo y el poder, pero
que remiten a un lugar a un domicilio más que a un culto u origen ancestral». Se trata de una auténtica
barriocracia (X. Rubert de Ventós, Nacionalismos. El laberinto de la identidad, Espasa, Madrid 1994, p. 56).
LA PARTICIPACIÓN DE LOS JÓVENES EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN 37
¿Y qué hay de la Universidad?
A partir del caso de América Latina, Pablo Gentile ha sometido a certero análisis una
tendencia que define el sentido de las propuestas educativas liberales, caracterizadas por
«la transnacionalización de los tecnócratas encargados de producir recetas de carácter
supuestamente universal, más allá de la historia, los conflictos, las necesidades y las demandas
locales». Estas estrategias educativas neoliberales parten de un diagnóstico que,
a estas alturas, nos resultará familiar: para salir de la crisis es preciso institucionalizar el
principio de la competencia como regulador del sistema educativo mediante estrategias
que subordinen la producción del sistema educativo a las demandas que formula el mercado
de trabajo. «Es el mercado de trabajo –concluye Gentile- quien emite las señales
que deben orientar las decisiones en materia de política educacional».24
Hay una divertida y ácida novela de Frank Parkin titulada La tienda del cuerpo y del
alma cuyo argumento desarrolla precisamente este riesgo de convertir a la Universidad
en mero apéndice del mercado, en la que podemos leer cosas como éstas:
– Todavía no es oficial –dijo Hedda Hagstrom en un tono confidencial–, pero las noticias
son que he conseguido el contrato de la OPEC. Y son noventa mil dólares.
– ¿Noventa de los grandes? –el Vicerrector exhaló un largo y bajo silbido, haciendo que
una pobre mecanógrafa se volviese–. ¿Por hacer ¿el qué?
– Quieren que demuestre que exponer a los niños a los humos del petróleo incrementa su
coeficiente intelectual.
El Vicerrector aflojó la marcha: – ¿No será difícil? Suponga que no puede probarlo.
Hedda Hagstrom le miró como si hubiera empezado a hablar en romance o en quintetos
yámbicos. –La subvención está condicionada a que lo pueda probar. Esa gente no tira su
dinero.
El Vicerrector gruñó comprendiendo ese básico principio: –Esperemos que consiga los
resultados que ellos quieren.
Hedda Hagstrom mantuvo la puerta abierta para que pasara: – Si yo no lo hago, otro lo
hará. En realidad todo depende del diseño del experimento. Las respuestas que consigues
vienen dictadas por la forma en la que se plantean las preguntas. Ya lo demostré en mi
proyecto para la Asociación del whisky escocés.
La cara del Vicerrector se cubrió de confusión: –Eso debe haber sido antes de entrar yo.
– Logré demostrar que el creciente gusto hacia el vodka era directamente responsable del
incremento en el voto comunista. De resultas, el gobierno prohibió su venta en zonas deprimidas.
El Vicerrector inclinó la cabeza con admiración. –Excelente, muy bien hecho. Para eso
estamos aquí, para dar satisfacción a los clientes. Gracias a Dios que hay alguien aquí que
entiende la función de una universidad moderna.
24 P. Gentile (1997). «El Consenso de Washington y la crisis de la educación en América Latina», en Arcipiélago,
nº 29.
38 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
La situación del mercado de trabajo, con altas tasas de paro, precariedad y subempleo,
pesa como una losa sobre la Universidad, constituyendo un importante factor de
desmotivación política. Se cuestiona el sentido de la formación universitaria, pues, si no
sirve para encontrar un empleo, ¿para qué sirve? La tentación puede ser reducir la Universidad
a apéndice de las empresas, a suministradora just in time de mano de obra titulada
según cuál sea la demanda empresarial en cada momento. De hecho, ésta es la senda por
la que se adentran las universidades privadas de más reciente creación. Se llega a extremos
como éste: el director de Empleo y Formación del Gobierno Vasco sostiene en una
entrevista que «un joven tiene que pensar que no puede estudiar lo que quiere, al menos
no con dinero público, sino lo que demanda el mercado» (El Correo, 5-9-99). O como
este otro: Leonard Martens, consultor de la Organización Internacional del Trabajo, sostiene
que es preciso «desaprender los hábitos adquiridos en la etapa formativa de pensar,
sentir y actuar» (El Correo, 21-11-99).
Pero esta tentación presenta numerosos riesgos. El primero de ellos es el de vaciar la
formación universitaria (y la vida universitaria, pues la Universidad es mucho más que
una institución para la formación reglada) de dimensiones fundamentales. Está claro que
la Universidad no puede ser una Academia Aristocrática que contempla con desdén, desde
lo alto de su torre de marfil, cómo las transformaciones sociales mueren al llegar a sus
muros, al igual que las olas mueren cuando se adentran en la playa. De ninguna manera.
La Universidad debe ser una institución abierta a los procesos de cambio social y atenta a
todas las necesidades de las comunidades humanas con las que entra en relación. Y entre
estas necesidades está la formación para la inserción en el mundo del trabajo. Pero habría
que dejar una cosa muy clara: la Universidad debe cumplir esta función, no porque se lo
deba a las empresas, sino porque se lo debe a la sociedad. Esta distinción es, en mi opinión,
muy importante. La Universidad no puede cumplir la función de preparar a los y las
jóvenes para desarrollar una actividad profesional siguiendo sin más las exigencias de las
empresas en la actual fase de reorganización de los procesos productivos. El espacio
universitario debe mantenerse fundamentalmente a resguardo de la tendencia de la lógica
de mercado a colonizarlo todo.
La educación en general y la universidad en particular están siendo víctimas de una
preocupante tendencia: el deslizamiento en el tratamiento de fenómenos como el desempleo
o la exclusión desde la perspectiva estructural a una perspectiva individual o, como
formula Beck, a buscar soluciones biográficas a problemas que son estructurales. No
quiero decir con esto que no sea importante atender a cada caso concreto con sus
especificidades, sino que se corre el riesgo de cargar sobre el individuo excluido la tarea
de salir de una situación de la que casi nunca es responsable. Conceptos como el de
empleabilidad pueden ser usados con la intención de transmitir la idea de que el mercado
de trabajo es el que es, de manera que sólo cabe que el individuo se adapte a sus exigencias,
sean éstas las que sean.
La Universidad, pues, debe responder a las demandas procedentes del mercado de
trabajo, pero no sólo ni acríticamente. La Universidad debe enseñar a aprender, a emprender,
a sorprender, a comprender y, si se me permite estirar la rima, a reprender:
LA PARTICIPACIÓN DE LOS JÓVENES EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN 39
* Aprender. Se trata de la función más evidente. La Universidad debe formar buenos
profesionales, no tanto transmitiendo conocimientos cuanto enseñando las habilidades,
las disposiciones y las técnicas necesarias para adquirirlos autónomamente. La transmisión
de conocimientos es un instrumento, no el objetivo de la relación educativa. Saber
aprender, ser capaz de continuar aprendiendo, y no el hecho de haber aprendido un conjunto
de una vez por todas una serie de conocimientos, ésa es la mejor aportación que
puede hacer la enseñanza universitaria en un momento en el que la generación de nuevas
ideas y la proliferación de información se ha vuelto casi frenética.
* Emprender. Es el corolario lógico del punto anterior. La formación impartida no
puede asemejarse a la recepción mistérica de unos conocimientos adquiridos hace tiempo
que pasan, sin modificación alguna, de generación en generación. La formación ha de ser
activa y ha de empujar a la actividad. Si aprendemos a aprender es lógico que se nos
despierte la inquietud por emprender, por experimentar, por descubrir, por innovar.
* Sorprender. «La ciencia trata de construir un mundo que permanezca invariable a
pesar de las intenciones y los conflictos humanos. La densidad de la atmósfera no se
altera, no debe alterarse, como función de nuestro hastío del mundo. En cambio, el humanista
se ocupa principalmente del mundo y los cambios que experimenta de acuerdo con
la posición y la actitud del espectador. Tal vez sea ése el motivo por el cual los tiranos
odian y temen tanto a los poetas y los novelistas y, también, a los historiadores. Aún más
de lo que temen y odian a los científicos, quienes, aunque construyan mundos posibles,
no dejan espacio para que se formulen otras posibles perspectivas personales sobre esos
mundos». Esta sugerente distinción de Bruner no se ajusta a la realidad. En demasiadas
ocasiones la literatura, la poesía, la música, el cine, la sociología o la historia se han
utilizado y se utilizan para reforzar lo existente. Por otra parte, el logro de la objetividad
científica no tiene que ver con construir un mundo que permanezca invariable a pesar de
las intenciones y los conflictos humanos. Pretender transformar la realidad actual desde
el imaginario de una realidad distinta no es en sí mismo anti-científico. Una propuesta
utópica no es una propuesta que aún no existe, sino una propuesta que todavía no puede
existir. De lo que se trata es de que nuestras propuestas de transformación se planteen
como procesos que combinen la opción por una realidad distinta con el conocimiento de
las posibilidades contenidas por la realidad actual. No es utópico lo que aún no es pero ya
puede ser. Y la mejor manera de hacer aflorar lo inédito viable de la realidad es haciéndolo
realidad ya, aún cuando sea a pequeña escala. También en esto tiene que formar la
Universidad.
* Comprender. No me refiero a la comprensión intelectual ligada al proceso de aprendizaje,
sino a la comprensión profunda relacionada con la empatía y la intercomunicación.
Para ello, la Universidad ha de formar en la capacidad de auto-crítica. La Universidad ha
de servir para desenmascarar mitos autocomplacientes, para relativizar lo propio y valorar
lo ajeno. Frente a tanto fundamentalismo, incluso frente al fundamentalismo de los
expertos, la Universidad tiene que contribuir a forjar una ética del diálogo, de la responsabilidad
y de la humildad.
40 MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES: RESISTIR, IMAGINAR, CREAR EN LA UNIVERSIDAD.
* Reprender. La Universidad debe formar en la crítica. No somos conscientes de la
capacidad performativa que posee la reflexión pública de los expertos, intelectuales o
científicos: definimos la realidad y, al hacerlo, contribuimos a prescribir un horizonte de
expectativas que dibuja –ya lo hemos visto– el horizonte de lo posible y lo imposible.
Pierre Bourdieu destaca esta función de los científicos y hace un llamamiento para ponerla
al servicio de la transformación social.
Sólo a partir de las pautas anteriormente expuestas será posible fortalecer la característica
universalidad de las universidades. Aunque inscritas en un espacio territorial, las
universidades han sido siempre «territorio de nadie y de todos». Espacio privilegiado
para el encuentro de culturas y gentes, desde la Universidad se ha mantenido un sano
distanciamiento de los fervores patrióticos, una sana crítica hacia las costumbres propias
y una rica valoración de las realidades ajenas. En la Universidad han encontrado acomodo
personas perseguidas por sus ideas, como han sabido encontrarse personas con ideas y
proyectos discrepantes. Comprensión, encuentro y diálogo son valores universitarios preciosos
en los tiempos que corren. Valores por los que el mercado, según parece, no apuesta,
ya que no se trata de valores que reporten beneficio económico inmediato. Pero se
trata de valores preciosos para unas sociedades que, cada vez más, se van a ver confrontadas
con el hecho del mestizaje cultural y la proliferación de modos de vida distintos.
En resumen: hoy nos encontramos en los albores de una nueva era de participación
ciudadana. Están cambiando las formas de esta participación, así como los temas que la
motivan. Cambian las estructuras y las actitudes. Quien, añorando un tiempo pasado,
pierda contacto con esta nueva realidad, perderá también la posibilidad de impulsar la
construcción de una sociedad más participativa.